Europa

Habían pasado la última media hora en el servicio. Cuando salimos del bar, empezaba a amanecer. "Es un bar que a las 12 todos se suben a las mesas y bailan", nos había avisado Yan. En la oscuridad, me hice fuerte recabando información. Me ha dicho tu amiga que trabajáis en Europa, le dije a Isabel cuando Pol invitó a las tres a una ronda de chupitos. Algo así, sí, se rió. Después de un abrazo, me contó que se sentía muy sola en Bruselas. Yo llevaba un día allí y había visto lo grandes que eran las instituciones; percibí una soledad de aglomeraciones.

Manolo, con el frío del alba, negociaba ahora el futuro. Que nos subimos en un taxi los 4 y tan tranquilos. Ana, joder. Me quiero ir a casa; Isabel, vámonos, rechazó Ana. Miré a Isabel curioso. Por qué en esta ciudad no hay ningún cajero. No quiero que duermas en mi casa por la tentación, me frotó la espalda y me miró asintiendo muy fuerte. Te pago el taxi yo, no te preocupes.

Manolo, derrotado, subió delante y bajó la ventanilla. Tenemos un AirBnB, le gritó a Ana desde la distancia. Isabel me miró triste, había empezado a hablar para sí misma: puedes dormir en mi casa, no te prometo más. Negaba con la cabeza y dirigía miradas nerviosas al cielo y dijo en algún momento del viaje que María llevaba 12 años con su novio pero ahora estaba en nuestro piso.

A Manolo le frustró mucho mi respeto en la despedida. No dejó arrancar al conductor. Te bajas y la llevas hasta la puerta, golpeaba su propia pierna entre palabrotas. Entendí enseguida que estaba proyectando su propio fracaso y eso le dije mientras forcejeaba para salir del taxi. Me miró encendido. Hasta los cojones de psicólogos, me gritó.

A todos los edificios los iluminaba ya una luz gris cuando recorrí la plaza. Grité su nombre durante la carrera y solo reaccionó al final, disimulando la risa. Qué haces, qué locura. Me han tirado del taxi, me encogí de hombros. Mientras subíamos a su piso, me contó que su vecina belga y su amiga checa habían ocupado su habitación. Anticipó al instante mi alegría. Dormiremos en el comedor, en sacos de dormir. Como un festival de verano de estos, apuntilló. Luego me dijo que en Bélgica solo beben agua del grifo, que podía coger los libros en francés de la estanteria porque eran del antiguo inquilino, ahora en Normandía, y que podía dormir con un pijama suyo.

Rechacé todo y, cuando eché el último vistazo alrededor, el sol brillaba y su ropa interior estaba encima del pijama.

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