18/04/2016

Me han preguntado en una entrevista de trabajo cuál sería el día ideal de mi infancia. Me ha sorprendido y he respondido algunos lugares comunes - feria y fútbol- pero luego en casa he intentado rememorar, tengo un recuerdo fresco.

Es sábado, supongo que tengo 9 o 10 años. Me levanto a las 9. Enchufo la televisión del comedor sin hacer ruido y veo Megatrix: Oliver y Benji o alguna sitcom infantil. A las 10:30 despiertan mis padres, desayuno familiar en la cocina, leche con cruasanes del horno de la esquina. En esa época yo tenía un sobrepeso aproximado de 10 kilos. Paso la siguiente hora leyendo cómics de Mortadelo y Filemón, mi introducción a la literatura. Antes de las 12 bajo con mi padre al bar de enfrente y me bebo un refresco mientras él almuerza. Después vamos a la feria. Ese año la montaron en un solar a 10 minutos de casa, para cuando llegamos mi padre ya ha elegido la sesión de la película que veremos en el cine por la tarde. Subo al Ferrari de un tiovivo y luego a los coches de choque y me concentro para elegir la siguiente atracción. Una imagen habitual del fin de semana es yo con los brazos cruzados, un dedo en el labio, el gesto serio sopesando pros y contras de cada atracción. Mi padre se cansa: "otro día", y volvemos a casa y vamos a comer al Bocata de Pryca. Después compramos en el hipermercado y yo negocio con mis padres algún cómic nuevo. Eran baratos, siempre me solía llevar algo. Lo devoraba en el coche de vuelta a casa.

La tarde era larga. Me siento en el ordenador y juego al FIFA 98. Jugué a ese videojuego durante años. Cuando el tiempo ya apura mi madre entra y me grita que me duche y mi padre pasa por el pasillo suspirando y susurrando "Con Dios me acuesto y con Dios me levanto...". No recuerdo qué película vi, vi muchas en esa época. Mis padres tienen -entonces y ahora- un síndrome de Diógenes cinéfilo que no he heredado.

Cuando termina la película salimos al aparcamiento y ya es de noche. Mi padre propone cenar fuera y mi madre no sabe decidir dónde. Terminamos en el bar habitual, cerca de casa. Somos clientela fija, Beto es el propietario - y amigo. Llenamos la mesa de tapas para los tres, mi hermano todavía no había nacido. El plato principal es bocadillo de calamares con ajoaceite. El patrón gastronómico en casa siempre ha sido cantidad antes que calidad y cuando sale algún restaurante de éxito en la televisión todos torcemos el gesto, yo el que menos.

Hinchado, llego al videoclub y mis padres escogen alguna película norteamericana protagonizada por un actor popular. Hay un reparto sagrado de los sofás del comedor: mis padres en el de dos asientos y yo en el tresillo. Esa noche tengo suerte y, en algún momento de la película, mi madre me permite sentarme encima de ella, con la cabeza apoyada en su hombro, mi gata en mi regazo. Me duermo agotado y, cuando despierto, ya estoy en mi cama. No he sentido hambre en todo el día.

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